BALLESTEROS Y LA "PARADA" (1972)











"No me acuerdo del nombre de la obra, eguá, se trataba de personajes históricos que paseaban por Santa Cruz de La Palma en una GUAGUA de madera: Napoleón, el Papa, el Ché… Los demás personajes, una pareja, un estudiante, un campesino, hablaban e improvisaban sobre la visita de aquellas figuras y de los problemas cotidianos de la ciudad. Los personajes históricos eran referenciales. Ese fue el primer texto que escribí, creo que se llamaba La parada. Después monté dos fábulas de Ballesteros: La bailarina y El hombre vegetal. Las representamos varias veces, en el cuartel de soldados de la capital, la primera vez que actué en un cuartel, la segunda vez fue cuando hice el servicio militar en Zaragoza. También la llevamos a varios pueblos de la isla, a Breña Baja, Fuencaliente. Había una gran inquietud cultural en la isla, hambre de teatro. Además del grupo de teatro del Instituto, hice teatro con niños y niñas pequeños. Preparamos una obra, La colmena, de carácter didáctico e improvisación, sobre la escuela, los oficios. Se hicieron rifas y con el dinero que sacamos hicimos una gira, acompañados por dos padres, por varios colegios de TENERIFE, como el Duggi. Dormíamos en el Hogar Escuela de La Esperanza. Fue una experiencia hermosa para todos. Paralelamente a todo esto, entré en el grupo de teatro Candilejas, que dirigía Luis Ortega. En ese momento era el grupo más importante de la isla. Recuerdo que interpreté el personaje Chatarra o que la obra se llamaba Chatarra. No estoy seguro. La representación tuvo lugar en el Teatro Chico. Acudía al Instituto, practicaba teatro y buscaba tiempo para colaborar en el Diario de Avisos, cuando la rotativa estaba en la capital palmera. Publicaba poesía y entrevistas a grupos musicales que visitaban la isla de La Palma. Cronista de arte. Entrevistas a grupos que venían de la Península y de otras islas. Me acuerdo que entrevisté a un grupo que venía de la Península y se quedaron locos. Y eso que venían de allá. Les encantó. En ese tiempo, el Diario de Avisos tenía cuatro o seis páginas. Yo tenía amistad con el director. Me pasaba horas ante el teletipo. Un maquinón impresionante. La afición a las rotativas me vino por mi padre que, además de dar clases de albañilería, trabajó durante un tiempo en la imprenta la Católica". 






























 



 
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